ROCK AL PARQUE: UN RITUAL QUE PERDURA

Por: Alejandro “El Profe” Bohórquez

Del 18 al 20 de agosto de 2018 Bogotá disfrutó de la vigésimo cuarta edición del festival Rock al Parque, que al igual que todos los años recibió todas las consabidas alabanzas, halagos, apoyos, espaldarazos, aplausos, hurras, elogios y ovaciones. Por otro lado, también recibió todas las consabidas quejas, críticas, ataques, reclamos, acusaciones, rechazos, improperios y vituperaciones. Por tales motivos, la reseña que se me ha solicitado para esta publicación no redundará en los comentarios acerca de la organización del evento, la calidad o ausencia de esta en las bandas que se presentaron, o una disertación acerca de la validez misma del festival, para no ser una voz más en la muchedumbre que discute a su alrededor. En vez de eso, les ofrezco una visión subjetiva de alguien que estuvo entre el público los tres días de festival, cuyo primer concierto en la vida fue la primera edición de éste, que además ha sido parte de su logística y de sus artistas participantes, pero que tampoco ha sido el asistente más asiduo.

Lo primero que debo señalar de mis impresiones es que ante todo Rock al Parque es un ritual como bien lo define Michel Maffesoli en su libro acerca de las tribus urbanas, es decir, un evento que se repite en el tiempo para asegurar la permanencia de un grupo específico. En este caso, Rock al Parque cumple a cabalidad con mantener la idea de que en Bogotá existe, quizás no una escena, pero sí un público rockero que se reafirma y se revitaliza a sí mismo todos los años con este festival, y esto se vio reflejado por lo menos en el hecho en que a nivel de espectador había un gran gentío. Ante la crítica de que parte de ese público sólo lo hace por ser participe una única vez, me queda la incógnita: ¿acaso toda la feligresía es igual de devota? Continuando con la idea del ritual, aquí toda individualidad se pierde para que prime lo colectivo, poniendo por encima el vínculo emocional que hace del Rock en la actualidad más que una expresión juvenil, un objeto de culto.

Como en todo ritual, existen dentro de Rock al Parque ciertas recurrencias que ya podrían considerarse instituciones propias de este evento, desde aspectos cotidianos como las eternas e incómodas requisas, las cuales al parecer no son invasivas si se llega temprano. Más allá de esto, es interesante notar como definitivamente el sábado es el día del Metal en todas sus variaciones, siendo la ramificación más importante del Rock, y a falta de una, estuvieron las tres tarimas dispuestas para todas las bandas de los diversos subgéneros, a lo que yo preferí quedarme en una de estas casi toda la jornada para atender a mis propios gustos, y por supuesto, la institucional “patacera” (llamarlo pogo me parece inapropiado ya) con estas bandas se hizo notar de inmediato. No tan evidente, pero algo que se hace cada vez más notorio, es que son cada año menos las bandas que llegan por convocatoria distrital y más las invitadas (de donde sea que provengan), solidificándose así Rock al Parque para no correr riesgos con su siempre demandante e inconforme público.

Sin embargo, no es exclusivamente aquello que se repite lo que define a un ritual, de hecho, también requiere de ciertas anomalías para mantenerse vivo, de lo contrario pasaría de solidificarse a anquilosarse. Trayendo de nuevo a colación el tema de la “patacera”, se puede notar que por lo menos en estos espacios se da la convergencia de públicos extremos, que por el gusto del baile violento se vieron punkeros, metaleros, aquellos que estamos en algún punto medio entre estos, y aquellos que no necesariamente se adscriben a una tribu particular; obviamente se produjeron rencillas entre algunos de los asistentes, pero ninguna tomó la magnitud de antaño. Hablando de convergencias, algo que se hizo más notorio en los dos días restantes fue la convergencia generacional, no solo por el obvio encuentro entre las “viejas guardias” y los nuevos adeptos del Rock, en varios casos me llamó bastante la atención que se trataba de todo un evento familiar donde tanto los jóvenes como los mayores estaban involucrados en las presentaciones, y no eran simples casos de chaperones. Para los escépticos que dudan de la continuidad de este tipo de público, aquí hay indicios de una, así no sea la esperada.

Antes de terminar, no puedo dejar por fuera el cada vez más marcado aspecto comercial de Rock al Parque, y no me refiero al carácter de las bandas que se presentan, sino a todos los kioskos de ventas de productos, y no tanto aquellos que realizan eventos paralelos con el patrocinio de grandes marcas. Me refiero en este caso a las ventas de productos específicos de bandas o del festival en sí, que así haya voces contrarias a este tipo de prácticas por considerarlas contrarias al “espíritu”, la verdad es que en el tipo de sociedad que vivimos en la actualidad se requiere un mínimo de mercado para que exista la tan anhelada continuidad. Lo particular en este caso, es que la gran mayoría de las ventas se hacen de productos de bandas de culto de los distintos géneros, muchas de las cuales ni se están presentando en el festival, y en los contados casos de productos de bandas locales, se trata de bandas históricas que refuerzan ese culto. No sé si por falta de recursos iniciales o por falta de iniciativa, pero no se ve el merchandising de las bandas locales participantes, pero es curiosa esa falta de presencia.

Con todo esto, se cierra otra edición más del ya ritualizado Rock al Parque, y es probable que en futuras ediciones se repitan los patrones señalados, las anomalías cambien a patrones, y lo relevante será notar las nuevas anomalías que se presenten. Por lo que alcanzo a observar, los bogotanos vamos a seguir teniendo este espacio con sus ya institucionalizados comentarios positivos y negativos, y nuevamente se pondrá sobre la mesa si el Rock está vivo o no, y que propuestas caben en él o no; lo claro aquí, es que el cariz de culto es cada vez más fuerte, y este es un ritual de algún modo es importante para la ciudad. De todo modo, no se lograría la requerida reafirmación de este público que como dije puede ser exigente, pero a la vez no es de los más activos en su culto.

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