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Rock al Parque XXV: Un Acto de Contrición

Por Fabián Esteban Beltrán 

Una edición más de Rock al Parque, la que marcó su cuarto de siglo de existencia, ha pasado a formar parte de los anaqueles de un evento musical que, como ninguno, atraviesa la historia y el imaginario colectivo de Bogotá y el país entero. Con una impresionante marca de asistencia (340.000 personas, según cifras del festival), los 25 años de la cita rockera más importante del Colombia estuvo marcada por la visita de grandes nombres del movimiento mundial como los alemanes Sodom, favoritos indiscutidos del público, la institución del death americano Deicide desde Estados Unidos, Capilla Ardiente en la cuota suramericana desde Chile –quienes pese a ser prácticamente desconocidos por el público local , ofrecieron uno de los mejores shows del festival- la bella exNightwish, Tarja Turunen y unos rearmados Angra con invitados nacionales a bordo. En lo que a metal se refiere, y es lo que nos ocupa, la edición 25 de Rock al Parque será sin duda bien recordada como una celebración digna del espíritu del festival, con sus virtudes y defectos.

Junto a los rutilantes nombres de los invitados internacionales –y a casi siempre a la sombra de ellas, desafortunadamente, y es a esto que queremos referirnos- las agrupaciones colombianas dejaron un buen sabor de boca por cuenta de shows cada vez mejor planeados y ejecutados. Este año, bandas como Kariwa, Devasted o Power Insane, todas ganadoras de la convocatoria distrital, destacaron por sus conciertos que hablaron por sí solos del pertinente cuidado con el que las bandas preparan sus espectáculos para Rock al Parque. Sumados a nombres de mayor relevancia para el metal nacional como Underthreat, Internal Suffering o Tenebrarum, queda la buena sensación de que hay un despertar generalizado respecto a lo que es el componente de entretenimiento que inevitablemente atraviesa a las presentaciones en vivo. Un paso absolutamente crucial y una idea en la que se hace necesario poner un sonoro acento si queremos derrumbar esa idea acomplejada del «bono de apoyo» para la entrada a shows locales pagos que ocurren durante todo el año, la indispensable comprensión de que nadie paga un centavo por ver una banda que espera recibir retribución a sus quehaceres, pero que se preocupa poco por ofrecer un buen show.

Hasta la saciedad se ha hablado sobre el impacto de los eventos gratuitos para una escena que con uñas y dientes busca mantenerse a flote, y sin duda Rock al Parque ha sido por años el blanco perfecto para depositar estas preocupaciones, sin que esto sea del todo justo. Como siempre, son muchas las preguntas que permanecen, año tras año, entre las cenizas que dejan tres días de música al rojo vivo: ¿Está realmente cumpliendo Rock al Parque su objetivo de fomento a las bandas distritales? ¿Qué tanto le sirve el festival a la creación de públicos?¿Se trata solo de una fiesta descomunal de tres días a expensas del estado sin proceso ni seguimiento para las bandas? Se trata de cuestionamientos perfectamente válidos que hay que poner sobre la mesa, pero pocas veces las bandas y otros actores de la escena recurren a una autocrítica seria, antes de vaciar el agua sucia sobre Rock al Parque y sus similares en tantas ciudades del país. De manera que proponemos también que la escena del metal nacional haga este necesario acto de contrición: ¿Es el show de mi banda lo suficientemente atractivo?¿Son mis canciones lo suficientemente buenas?¿Entiendo que hay un trabajo extramusical que debo realizar para lograr una visualización efectiva de mi banda?

Desentrañar las respuestas, tanto de un lado como del otro, resulta más difícil de lo que parece. Como primera medida hay que abandonar los apasionamientos que conducen a adoptar opiniones facilistas. Creer que si, hipotéticamente hablando, Rock al Parque no se hiciera más, miles de personas se volcarían a comprar entradas para los eventos locales, huérfanas de música en vivo, es absolutamente ingenuo. Pensar que un evento masivo inhibe a la gente de invertir en una escena que, con todas las dificultades, se mantiene en movimiento el resto del año es, cuando menos, impreciso. En resumen, siempre habrá un público que suma a las estadísticas de asistencia de Rock al Parque y que, con o sin el festival, no asistirían nunca a un evento privado. De igual manera están quienes asisten a eventos pagos (claramente un público mucho menor) en una sana costumbre que tampoco tiene que ver necesariamente con Rock al Parque. Aceptar esto de una buena vez es un paso en la dirección correcta. Viene entonces la pregunta clave: ¿Cómo capitalizar una fracción significativa de este público a la hora de pagar una entrada? Remitámonos a la célula de la escena: las bandas locales.

Entre tanta teoría que podríamos traer a colación sobre este tema, nos decidimos a poner el ojo sobre una dolencia muy arraigada en el metal colombiano: mendigar apoyo debe estar fuera de la ecuación. Desde el día uno las bandas deben tener claro que el público no paga por caridad, el público paga para ser entretenido. Un buen espectáculo no requiere necesariamente montajes costosos o piruetas innecesarias. Cuando hay buenas canciones y una banda que se entrega con calidad, el show puede estar asegurado, aunque ocurra en el más íntimo local; pero parte de lo que significa ser profesional implica entender que la banda debe vibrar igual ante 50 que ante 50.000. El espíritu de Rock al Parque recoge precisamente esa particularidad: ofrecer una vitrina de gran tamaño a bandas acostumbradas a escenarios entre bares y locales. Algunas, en el escenario principal y en horario estelar, no reciben más que olvido al día siguiente y, apreciados lectores, esto no es ni por un minuto culpa de Rock al Parque. Otras por el contrario logran usar la enorme vitrina para potenciar sus shows habituales, haciendo viables sus shows privados a mediano plazo, desde el arraigo y la recordación del público, llegando a incluso lo económico. Seguro, tocar frente a decenas de miles puede sentirse como la grandiosa culminación de algo, pero la idea siempre debe ser enfocarse mejor a que se trata de un comienzo, una semilla que aun requiere de cuidados si queremos verla crecer fuerte.

La relación entre arte y entretenimiento se antoja particularmente conflictiva para los artistas, especialmente en una escena en la que los músicos son managers, diseñadores, roadies y jefes de prensa, todo a la vez. Pensar a las bandas como empresas o terminar convertidos en simples sujetos acomodaticios a las políticas del Estado, choca de frente con la naturaleza de lo que se supone es en esencia un ejercicio de creación en búsqueda de la trascendencia, en lugar de un mero rato de diversión o el frío enfoque meramente empresarial. La reconciliación de ambos conceptos es uno de los retos que las bandas deben afrontar si quieren ver sus shows concurridos, más allá de los espacios públicos, como ya dijimos, llenos de un público itinerante que puede resultar engañoso.

Dicho esto llegamos al que, por lo menos para nosotros, es el meollo del asunto: ningún festival, ninguna política pública, ningún cambio implementado por Rock al Parque le va a resolver el problema de convocatoria a bandas que no hacen la tarea desde abajo, armados de autocrítica, seriedad y sobre todo de calidad. El gran error no ha sido alimentar a este gigante llamado Rock al Parque, lo ha sido que algunas bandas hayan recostado sus expectativas en él, y conciban el éxito como un cupo dentro de una tarima tan codiciada y por lo tanto competida, en lugar de un escalón más para algo mayor: un aprecio e interés sostenido por parte de un público que también ha cambiado su forma de consumir música, un entendimiento crucial a la hora de replantear formas efectivas para conquistarle.

Estamos disfrutando de un gran festival, la edición número 25 así lo probó; Rock al Parque sin duda pasa por buenos tiempos de curaduría y pese a lo mucho que podría mejorarse en diversos aspectos, pertenece culturalmente a Bogotá y a Colombia de una manera muy arraigada, y si bien el festival DEBE enfocarse en afinar sus procesos para que estos deriven de manera efectiva en beneficio de una escena que lo necesita mucho, tampoco resulta justo endilgarle deberes que parten desde el quehacer más íntimo de las agrupaciones de rock y metal en Bogotá. La articulación entre mejores bandas y políticas mejor diseñadas para despertar la curiosidad del público post-festival puede a mediano plazo ofrecer resultados palpables, pero sobre todo la convicción de que la creación y sus dinámicas deben trascender la discusión acerca de Rock al Parque y las políticas públicas, que deberían concebirse como herramientas y no como el motor principal de esta escena, si no queremos terminar domesticados por la vigilancia estatal dentro de un arte que se define dentro de lo contestatario y lo políticamente incorrecto.

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